jueves 16 de agosto de 2007

Los tecnócratas y Montgomery Burns

La mayoría de las veces me sorprendo gratamente con los argumentos de tipo académico que los expertos económicos, conocidos con el apelativo de “tecnócratas”, defienden sus posiciones. Sin duda, son razones decantadas y siempre importantes las que soportan sus ideas, y en muchas ocasiones, transportan el debate a órbitas mucho más serias que las alcanzadas por los foristas que no cuentan con los datos que estos expertos aportan a las discusiones.

Pero por alguna razón, quizá la de presentarse como personas imparciales y objetivas, los tecnócratas rara vez exponen el trasfondo político de sus propuestas. Así, nuestros especialistas se limitan a mostrarnos cifras grises y gráficos indescifrables que, generalmente, son insuficientes para convencer a la totalidad del auditorio.


La consecuencia de este actuar es, obviamente, la falta de transparencia acerca de las últimas intenciones de nuestro amigo. Sin embargo, lo verdaderamente grave es que con ello, se abre la puerta para que el populismo y la demagogia imperen en las discusiones importantes de cualquier nación. En efecto, la respuesta típica del sector opositor al tecnócrata es la de acusar y denunciar que tras sus propuestas, se esconde la defensa de los intereses de un multimillonario malvado y con corazón de piedra al mejor estilo del Señor Burns, mientras tanto, los populistas del corte de Hugo Chávez se hacen ver como los únicos interesados en los pobres y demás población vulnerable. Finalmente, son las propuestas insensatas y engañosas de los caudillos, las que calan en la colectividad desfavorecida.


Sin embargo, no son solo los enemigos del libre comercio quienes tergiversan los argumentos de nuestro tecnócrata. Ciertamente, Grupos neo-conservadores, defensores del libre mercado, pero enemigos de las libertades religiosas y sexuales, y amantes de las intervenciones policivas en todo aspecto de la vida del individuo, se apoyan frecuentemente en los postulados académicos del investigador para justificar su agenda liberticida de una manera mucho más elegante que si lo hicieran con postulados religiosos o moralistas.


He ahí la importancia de exponer el trasfondo político de los argumentos académicos. He ahí la importancia de explicar que, cuando se promueve el crecimiento económico por encima de la redistribución, es porque se estima que el primero es un mejor mecanismo para salir de la pobreza, no para perpetuarla; cuando se exige menos intervención del Estado en el mercado, es para que se genere más empresa y más empleo, no para beneficiar exclusivamente al empresario; y cuando se pide que se abran las barreras comerciales y se quiten trabas arancelarias es para que los pobres puedan acceder a alimentos más baratos y a zapatos chinos de 35 centavos de dólar.


El populismo y la trampa de la pobreza no son gratuitos. De repente es hora de que los círculos académicos expongan claramente las concepciones políticas que están detrás de sus conceptos. Solo así se evita que el foro democrático se convierta en una discusión de “yo soy bueno y tu eres un villano”, y de paso, se cierran filas contra el engaño y el clientelismo.

jueves 9 de agosto de 2007

En Europa sí valoran el arte

Soy músico aficionado, tengo un grupo de salsa con el que, por alguna razón, ya he tenido unos pequeños golpes de suerte y estoy a la espera de otros logros más importantes. Es un pequeño proyecto en el que he invertido dos años de trabajo y unos cuantos pesos, y por supuesto, tiene como propósito lograr algo importante e impactante en los medios y en la industria del entretenimiento; sin embargo, los frutos aún no se cosechan.

Y quizás no se cosechan por la misma razón que mencioné al principio de éste artículo: he estado y estoy a la espera de un golpe de suerte.

Sinceramente, siempre que medito sobre el porqué de nuestro relativo bajo impacto en la escena musical, me doy cuenta de que me hacen falta muchas cosas por mejorar, y que, si trabajara en los puntos que a veces logro identificar, seguramente me estaría yendo mejor. Paralelamente, y sin tratar de restarle peso al punto anterior, he notado que, además de los desaciertos propios, el mercado del entretenimiento en Colombia es simplemente muy pequeño: La gente tiene necesidades más importantes que satisfacer como alimentación y vivienda, y por tanto, no gastan su escaso dinero en el concierto de un grupo de salsa. Por eso, no es de extrañar el típico comentario de artista que reza: “en Europa la gente si valora el arte”

Pero dicho comentario generalmente tiene una carga política importante. Ciertamente, la sentencia en mención viene acompañada de un tono que nos da a entender que, fuera de nuestras fronteras, existe una cultura mucho más elevada y que es ésa y no otra la razón de los mayores ingresos de los artistas que residen fuera de nuestro país. En ese sentido, la solución al problema sería “educar” y generar las condiciones óptimas para formar un público “culto” que estuviera dispuesto a gastar en arte, y como los actores privados no están dispuestos a financiar esas condiciones ideales, pues es el Estado el llamado a solucionar la situación.


El problema con el razonamiento anterior, creo yo, reside en lo siguiente: La intervención del Estado en el arte y la música es, necesariamente, discriminatoria y violatoria de la libertad de expresión. En efecto, un Estado con escasos recursos no puede hacer erogaciones ilimitadas, por tanto, se ve obligado a realizar concursos o licitaciones que, forzosamente, establecerán pautas estéticas y estilísticas. Ahora bien. ¿Quién es el Estado, para dictaminar cual es la estética o los criterios artísticos dignos de ser apoyados por encima de otros? ¿Existen estéticas más elevadas que otras? ¿Por qué el Estado (entiéndase gobierno de turno) habría de apoyar, digamos, a la música clásica y no al folclor del caribe en un país donde, definitivamente, no producimos los mejores músicos clásicos?

Pero el punto más grave no es el apoyo a ciertos sectores artísticos, sino el posible silenciamiento que el gobierno de turno haga sobre sus opositores. Así, las razones para negarse a apoyar cierto movimiento literario o musical pueden ser políticas, pero éstas quedan fácilmente encubiertas con argumentos “artísticos”.

Sin embargo, por mil y un razones, el sector privado no ofrece un escenario transparente para la libre competencia de artistas. Por tanto, el papel del Estado en la ámbito artístico debe limitarse a garantizar la libre competencia de músicos, pintores o escritores, bien sea evitando el monopolio de los medios, liberando el espectro electromagnético a más de dos licitantes, y como no, prohibiendo los cobros por ejecuciones públicas (las conocidas payolas) que realizan tanto la radio como la televisión.

Una mayor intervención no aumentará el mercado artístico; por el contrario, desincentivará su crecimiento, pues a ningún inversionista privado se le ocurrirá traer a Richie Ray si el Distrito lo presenta gratis. Es mas, ningún particular contratará a las bandas nacientes si el gobierno insiste en subsidiar a los grupos consolidados.

Acabo de recibir un mail de unos amigos que están indignados con el Distrito y el jurado del evento, porque no calificaron para presentarse en el Festival de Salsa al Parque. Vaya uno a saber las verdaderas razones del jurado: palanca, rosca, politiquería o simplemente talento. En todo caso, seguro que mis amigos se hubieran ahorrado la decepción y la indignada si su aparición en un festival no dependiera del Estado.

miércoles 1 de agosto de 2007

Diagnosticando la enfermedad

Todos sabemos (o intuimos) que Colombia, en efecto, es un país pobre e inequitativo. Nuestro PIB per cápita esta lejos de indicar un gran desarrollo económico y el coeficiente de Gini, uno de los indicadores de distribución del ingreso más utilizados, nos arroja un no muy alentador 0,54. Así las cosas, todo el mundo, desde Bono de U2, hasta el Papa, han levantado la voz para llamar la atención y combatir la pobreza no solo en Colombia, sino en todo el mundo.

Pero es más fácil detectar la fiebre que diagnosticar la enfermedad. Y ello queda demostrado cuando quienes se preocupan por nuestras dificultades económicas, señalan al libre comercio “salvaje y neoliberal”, como el culpable de todas nuestras desdichas.

Y es que no hay mito más enquistado en el imaginario de los caudillos populistas y los universitarios de primer semestre, que el del libre mercado en América Latina. En efecto, nuestro continente está lejos de haber abierto sus fronteras al libre comercio, pues aún hoy, después de la apertura económica de los años 90, tenemos que pagar un arancel del 35% por un automóvil que no producimos en Colombia, uno del 80% por el arroz que importamos de Ecuador, y uno del 40% por los dos millones de toneladas de maíz que debemos importar al año desde Estados Unidos, dado que la producción interna es de un millón y la demanda nacional es de tres.

Pero los impuestos a las importaciones no son las únicas trabas al libre mercado. En el ámbito interno la situación es quizá peor, pues el concepto de competencia es completamente desconocido para un Estado que solo se entromete con el ánimo de favorecer a los grupos de interés que le son cercanos, bien sea con la adjudicación de contratos, o con la imposición de gravámenes discriminatorios que distorsionan el mercado en perjuicio del empresario que no tiene amigos en el congreso. En Colombia y Latinoamérica la capacidad reguladora del Estado es, como diría Stiglitz, un activo de los políticos que se vende al mejor postor.

Observamos entonces, que lo que tenemos y siempre hemos tenido se ubica en las antípodas del libre comercio y encuadra más bien con el régimen de un príncipe caprichoso y sus cortesanos oportunistas. Con todo esto, se sigue insistiendo, sin el más mínimo soporte fáctico, que el capitalismo implantado en nuestra tierra, es la causa de la pobreza que nos aqueja.

Lo más curioso de todo, es que las naciones que representan el escenario opuesto al antes descrito, son las más prósperas del planeta. Igualmente, las que están adoptando los estándares del capitalismo, reportan un crecimiento bastante envidiable y una disminución de la pobreza tremendamente significativa. China, por ejemplo, ha sido capaz de sacar de la pobreza a alrededor de 300 millones de personas justo en el periodo en que reformó su economía y permitió la libre empresa y el libre comercio. En la misma línea se encuentran la India y, para no irnos tan lejos, Chile en Latinoamérica.

De repente ya es hora de dejar de consultar chamanes y de empezar a revisar las muestras empíricas para diagnosticar nuestra enfermedad. Los datos y la experiencia nos muestran, por un lado, que hemos sido víctimas de un remedo de libre comercio, y por el otro, que aquellos países que sí se han tomado en serio la libertad individual y los derechos de propiedad, han tenido un gran éxito en la lucha contra la pobreza