La mayoría de las veces me sorprendo gratamente con los argumentos de tipo académico que los expertos económicos, conocidos con el apelativo de “tecnócratas”, defienden sus posiciones. Sin duda, son razones decantadas y siempre importantes las que soportan sus ideas, y en muchas ocasiones, transportan el debate a órbitas mucho más serias que las alcanzadas por los foristas que no cuentan con los datos que estos expertos aportan a las discusiones.
Pero por alguna razón, quizá la de presentarse como personas imparciales y objetivas, los tecnócratas rara vez exponen el trasfondo político de sus propuestas. Así, nuestros especialistas se limitan a mostrarnos cifras grises y gráficos indescifrables que, generalmente, son insuficientes para convencer a la totalidad del auditorio.
La consecuencia de este actuar es, obviamente, la falta de transparencia acerca de las últimas intenciones de nuestro amigo. Sin embargo, lo verdaderamente grave es que con ello, se abre la puerta para que el populismo y la demagogia imperen en las discusiones importantes de cualquier nación. En efecto, la respuesta típica del sector opositor al tecnócrata es la de acusar y denunciar que tras sus propuestas, se esconde la defensa de los intereses de un multimillonario malvado y con corazón de piedra al mejor estilo del Señor Burns, mientras tanto, los populistas del corte de Hugo Chávez se hacen ver como los únicos interesados en los pobres y demás población vulnerable. Finalmente, son las propuestas insensatas y engañosas de los caudillos, las que calan en la colectividad desfavorecida.
Sin embargo, no son solo los enemigos del libre comercio quienes tergiversan los argumentos de nuestro tecnócrata. Ciertamente, Grupos neo-conservadores, defensores del libre mercado, pero enemigos de las libertades religiosas y sexuales, y amantes de las intervenciones policivas en todo aspecto de la vida del individuo, se apoyan frecuentemente en los postulados académicos del investigador para justificar su agenda liberticida de una manera mucho más elegante que si lo hicieran con postulados religiosos o moralistas.
He ahí la importancia de exponer el trasfondo político de los argumentos académicos. He ahí la importancia de explicar que, cuando se promueve el crecimiento económico por encima de la redistribución, es porque se estima que el primero es un mejor mecanismo para salir de la pobreza, no para perpetuarla; cuando se exige menos intervención del Estado en el mercado, es para que se genere más empresa y más empleo, no para beneficiar exclusivamente al empresario; y cuando se pide que se abran las barreras comerciales y se quiten trabas arancelarias es para que los pobres puedan acceder a alimentos más baratos y a zapatos chinos de 35 centavos de dólar.
El populismo y la trampa de la pobreza no son gratuitos. De repente es hora de que los círculos académicos expongan claramente las concepciones políticas que están detrás de sus conceptos. Solo así se evita que el foro democrático se convierta en una discusión de “yo soy bueno y tu eres un villano”, y de paso, se cierran filas contra el engaño y el clientelismo.

