jueves 9 de agosto de 2007

En Europa sí valoran el arte

Soy músico aficionado, tengo un grupo de salsa con el que, por alguna razón, ya he tenido unos pequeños golpes de suerte y estoy a la espera de otros logros más importantes. Es un pequeño proyecto en el que he invertido dos años de trabajo y unos cuantos pesos, y por supuesto, tiene como propósito lograr algo importante e impactante en los medios y en la industria del entretenimiento; sin embargo, los frutos aún no se cosechan.

Y quizás no se cosechan por la misma razón que mencioné al principio de éste artículo: he estado y estoy a la espera de un golpe de suerte.

Sinceramente, siempre que medito sobre el porqué de nuestro relativo bajo impacto en la escena musical, me doy cuenta de que me hacen falta muchas cosas por mejorar, y que, si trabajara en los puntos que a veces logro identificar, seguramente me estaría yendo mejor. Paralelamente, y sin tratar de restarle peso al punto anterior, he notado que, además de los desaciertos propios, el mercado del entretenimiento en Colombia es simplemente muy pequeño: La gente tiene necesidades más importantes que satisfacer como alimentación y vivienda, y por tanto, no gastan su escaso dinero en el concierto de un grupo de salsa. Por eso, no es de extrañar el típico comentario de artista que reza: “en Europa la gente si valora el arte”

Pero dicho comentario generalmente tiene una carga política importante. Ciertamente, la sentencia en mención viene acompañada de un tono que nos da a entender que, fuera de nuestras fronteras, existe una cultura mucho más elevada y que es ésa y no otra la razón de los mayores ingresos de los artistas que residen fuera de nuestro país. En ese sentido, la solución al problema sería “educar” y generar las condiciones óptimas para formar un público “culto” que estuviera dispuesto a gastar en arte, y como los actores privados no están dispuestos a financiar esas condiciones ideales, pues es el Estado el llamado a solucionar la situación.


El problema con el razonamiento anterior, creo yo, reside en lo siguiente: La intervención del Estado en el arte y la música es, necesariamente, discriminatoria y violatoria de la libertad de expresión. En efecto, un Estado con escasos recursos no puede hacer erogaciones ilimitadas, por tanto, se ve obligado a realizar concursos o licitaciones que, forzosamente, establecerán pautas estéticas y estilísticas. Ahora bien. ¿Quién es el Estado, para dictaminar cual es la estética o los criterios artísticos dignos de ser apoyados por encima de otros? ¿Existen estéticas más elevadas que otras? ¿Por qué el Estado (entiéndase gobierno de turno) habría de apoyar, digamos, a la música clásica y no al folclor del caribe en un país donde, definitivamente, no producimos los mejores músicos clásicos?

Pero el punto más grave no es el apoyo a ciertos sectores artísticos, sino el posible silenciamiento que el gobierno de turno haga sobre sus opositores. Así, las razones para negarse a apoyar cierto movimiento literario o musical pueden ser políticas, pero éstas quedan fácilmente encubiertas con argumentos “artísticos”.

Sin embargo, por mil y un razones, el sector privado no ofrece un escenario transparente para la libre competencia de artistas. Por tanto, el papel del Estado en la ámbito artístico debe limitarse a garantizar la libre competencia de músicos, pintores o escritores, bien sea evitando el monopolio de los medios, liberando el espectro electromagnético a más de dos licitantes, y como no, prohibiendo los cobros por ejecuciones públicas (las conocidas payolas) que realizan tanto la radio como la televisión.

Una mayor intervención no aumentará el mercado artístico; por el contrario, desincentivará su crecimiento, pues a ningún inversionista privado se le ocurrirá traer a Richie Ray si el Distrito lo presenta gratis. Es mas, ningún particular contratará a las bandas nacientes si el gobierno insiste en subsidiar a los grupos consolidados.

Acabo de recibir un mail de unos amigos que están indignados con el Distrito y el jurado del evento, porque no calificaron para presentarse en el Festival de Salsa al Parque. Vaya uno a saber las verdaderas razones del jurado: palanca, rosca, politiquería o simplemente talento. En todo caso, seguro que mis amigos se hubieran ahorrado la decepción y la indignada si su aparición en un festival no dependiera del Estado.

2 comentarios:

alfredo dijo...

Interesante artículo. Sin embargo frente a la crítica de cómo la intervención gubernamental mediante conciertos gratuitos como el de "Salsa al Parque" distorsiona el mercado, queda la duda de si habría otra forma posible de que la gran mayoría de la población bogotana -que es muy pobre- pudiese asistir a un concierto del calibre de Salsa al Parque, pagando las antradas del bolsillo propio. La respuesta es sencilla: no podrían. Si uno aplica la simple lógica del mercado, entonces no sería conveniente traer a esas orquestas y pagarlas con dineros públicos, pero si uno lo hace bajo una óptica más "humanista" diría que así se afecte el libre mercado es necesario que la gente tenga esto espacios de esparcimiento y de contacto con el arte; que son necesarios los conciertos. Por último sólo me queda una cuestión por resolver, no es verdad que en Estados Unidos, ejemplo del modelo capitalista por excelencia y del libre mercado, se hacen muchos conciertos gratuitos en parques y auditorios públicos, con las mejores orquestas e interpretes de la música clásica- por hablar de un sólo género- y donde la gente va y no tiene que pagar nada y se divierte...El estado debe intervenir en el arte, en muchos frentes, así en su intervención produzca algunas distorsiones en el mercado, el peor escenario para mi, es que no intervenga en absoluto.

Andrés Felipe Succar dijo...

Alfredo.

EL mito más comun es pensar que si los eventos masivos quedan a cargo de la empresa privada, los pobres no podrán entrar a los eventos porque no pueden pagar las entradas. Falso. si bien es el modelo imperante en colombia, no es el único. Por ekjemplo, esta el modelo de Jorge Baron y que es el mismo que aplican en muchos otros paises: Entrada gratuita a cambio de cobrar la pauta publicitaria dentro del evento masivo(ya se ya se, los conciertos de jorge baron son horribles pero el mismo modelo es aplicable a muchas otros eventos)