miércoles 1 de agosto de 2007

Diagnosticando la enfermedad

Todos sabemos (o intuimos) que Colombia, en efecto, es un país pobre e inequitativo. Nuestro PIB per cápita esta lejos de indicar un gran desarrollo económico y el coeficiente de Gini, uno de los indicadores de distribución del ingreso más utilizados, nos arroja un no muy alentador 0,54. Así las cosas, todo el mundo, desde Bono de U2, hasta el Papa, han levantado la voz para llamar la atención y combatir la pobreza no solo en Colombia, sino en todo el mundo.

Pero es más fácil detectar la fiebre que diagnosticar la enfermedad. Y ello queda demostrado cuando quienes se preocupan por nuestras dificultades económicas, señalan al libre comercio “salvaje y neoliberal”, como el culpable de todas nuestras desdichas.

Y es que no hay mito más enquistado en el imaginario de los caudillos populistas y los universitarios de primer semestre, que el del libre mercado en América Latina. En efecto, nuestro continente está lejos de haber abierto sus fronteras al libre comercio, pues aún hoy, después de la apertura económica de los años 90, tenemos que pagar un arancel del 35% por un automóvil que no producimos en Colombia, uno del 80% por el arroz que importamos de Ecuador, y uno del 40% por los dos millones de toneladas de maíz que debemos importar al año desde Estados Unidos, dado que la producción interna es de un millón y la demanda nacional es de tres.

Pero los impuestos a las importaciones no son las únicas trabas al libre mercado. En el ámbito interno la situación es quizá peor, pues el concepto de competencia es completamente desconocido para un Estado que solo se entromete con el ánimo de favorecer a los grupos de interés que le son cercanos, bien sea con la adjudicación de contratos, o con la imposición de gravámenes discriminatorios que distorsionan el mercado en perjuicio del empresario que no tiene amigos en el congreso. En Colombia y Latinoamérica la capacidad reguladora del Estado es, como diría Stiglitz, un activo de los políticos que se vende al mejor postor.

Observamos entonces, que lo que tenemos y siempre hemos tenido se ubica en las antípodas del libre comercio y encuadra más bien con el régimen de un príncipe caprichoso y sus cortesanos oportunistas. Con todo esto, se sigue insistiendo, sin el más mínimo soporte fáctico, que el capitalismo implantado en nuestra tierra, es la causa de la pobreza que nos aqueja.

Lo más curioso de todo, es que las naciones que representan el escenario opuesto al antes descrito, son las más prósperas del planeta. Igualmente, las que están adoptando los estándares del capitalismo, reportan un crecimiento bastante envidiable y una disminución de la pobreza tremendamente significativa. China, por ejemplo, ha sido capaz de sacar de la pobreza a alrededor de 300 millones de personas justo en el periodo en que reformó su economía y permitió la libre empresa y el libre comercio. En la misma línea se encuentran la India y, para no irnos tan lejos, Chile en Latinoamérica.

De repente ya es hora de dejar de consultar chamanes y de empezar a revisar las muestras empíricas para diagnosticar nuestra enfermedad. Los datos y la experiencia nos muestran, por un lado, que hemos sido víctimas de un remedo de libre comercio, y por el otro, que aquellos países que sí se han tomado en serio la libertad individual y los derechos de propiedad, han tenido un gran éxito en la lucha contra la pobreza

2 comentarios:

Pime dijo...

Hey Compadre le quedé mal. Pero no vuelve a pasar, al próximo toque le caemos seguro. (Con Lucho que al man le interesa).

Edgar Mauricio dijo...

De acuerdo el problema no son los modelos, pues esotos no son mas que un instrumento y por momentos una intuicion, el punto es tener un verdadera conciencia de lo colectivo y tener 3 dedos de frente con sus respesctivas acciones, para saber hacia donde ir de acuerdi a cada caso nunca un "remedio" podra se igual al otro. Para el problema no radica en el remedo; sino en el ajuste (pertinencia)